
El Amor es tan poderoso que hasta los ateos creen en El. Es “gracioso” que no se den cuenta de que al hacerlo están creyendo en el Dios de los cristianos, según su palabra contenida en la Biblia, en el capítulo 4, versículo 8, primera de Juan, que dice “Dios es Amor”.
Los ateos aman a sus padres, abuelos, tíos, hermanos, parejas, hijos, profesiones, trabajos. Muchos (porque conozco unos cuantos que además me caen muy bien) son mucho más “cristianos” con el prójimo que quienes decimos llamarnos así.
Claro, los cristianos estamos bastante dispuestos a aceptar que "Dios es Amor". Sin embargo, en la práctica nos cuesta bastante creer que esa definición baste por sí sola para definir al Todopoderoso. Pensamos que el amor es algo demasiado débil, demasiado simple, demasiado "humano" y cursi.
Si realmente creyéramos, como repetimos constantemente que "Dios es amor", y basáramos nuestra fé en esa creencia, la experiencia de ser cristianos dejaría por fin de ser un misterio y, la mayoría de las diferencias, sino todas, entre las religiones (al menos las cristianas) no tendrían razón de ser.
Nos olvidamos de que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y de que, por ende, si Dios es amor, nosotros también lo somos. Mirémoslo desde la perspectiva de otra declaración que a muchos nos gusta repetir: Dios no puede negarse a sí mismo. Sin embargo, siendo hechos a su imagen y semejanza, vivimos negándonos al amor o, al menos, vivimos en la creencia de que podemos hacerlo.
Dicho de otra forma, lo único de lo que el ser humano no es capaz es de dejar de amar. Sí, la declaración es radical y también correcta. Sino pregúntese qué pasa cuando un padre "deja de amar" a su hijo, una hermana a su hermano, un esposo a su esposa... ¿Qué pasa cuando dejamos de amarnos a nosotros mismos tal cual somos? Entonces, dejamos de ser, nos desvirtuamos. Nos convertimos en monstruos.
Esa falta de amor la vemos a diario transformada en violencia, guerra, hambre, pobreza, destrucción. Todas esas manifestaciones dan como resultado una alucinación de nosotros que, como tal, no es real. Todo esto producto de que nos hemos empeñado demasiado en dejar de amarnos. No reconocemos nuestra naturaleza. No reconocemos la naturaleza de Dios.
Lo bueno es que Dios sigue siendo Amor en nosotros y, suene o no a cliché, el Amor hace girar al mundo.




